
Hubo un tiempo en que los púlpitos no temían pronunciar la palabra “infierno”. Los sermones apelaban directamente a la conciencia del creyente con llamados contundentes al arrepentimiento y a la conversión. El lenguaje era imperativo: «arrepiéntete», «abandona el pecado», «vuelve a Dios». Hoy, en muchas iglesias, ese tono parece haber sido sustituido por un discurso persuasivo, emocional y cuidadosamente diseñado para no incomodar.
No se trata de cuestionar el valor de la persuasión. Todo proceso comunicativo busca convencer. Sin embargo, cuando la búsqueda de aceptación sustituye la proclamación de verdades incómodas, la predicación corre el riesgo de perder su función profética.
El sociólogo Peter L. Berger sostuvo que la modernidad obliga a las instituciones religiosas a competir en un “mercado de creencias”, donde la autoridad ya no se impone, sino que debe ganarse. En ese contexto, muchas iglesias parecen adaptar su mensaje a las expectativas del público, evitando aquellos temas que pueden resultar impopulares, entre ellos el juicio, el pecado y el infierno.
Por su parte, Zygmunt Bauman, al describir la “modernidad líquida”, explicó cómo las instituciones tienden a flexibilizar sus discursos para responder a una sociedad que rechaza los compromisos permanentes y las exigencias rígidas. Esa lógica también parece haber alcanzado a numerosas comunidades religiosas, donde el énfasis se desplaza desde la responsabilidad moral hacia el bienestar personal.
Desde otra perspectiva, Gilles Lipovetsky sostiene que vivimos en la era de la seducción, donde convencer resulta más eficaz que ordenar. No es extraño, entonces, que algunos sermones privilegien un lenguaje motivacional, con mensajes centrados en la autoestima, la prosperidad o el éxito personal, mientras las referencias al castigo eterno desaparecen progresivamente.
Paradójicamente, el propio Evangelio presenta a Jesús hablando del juicio, de la condenación y del infierno junto con su mensaje de amor y misericordia. Silenciar una parte del mensaje para hacer más aceptable la otra puede generar una predicación incompleta.

La Iglesia no está llamada únicamente a consolar; también debe confrontar. No solo debe atraer fieles, sino formar conciencias. Una fe que nunca incomoda termina adaptándose al mundo en lugar de transformarlo.
El desafío no consiste en volver a un lenguaje agresivo ni en predicar desde el miedo, sino en recuperar el equilibrio entre la misericordia y la verdad. Persuadir es legítimo, pero cuando la persuasión sustituye la exhortación, el púlpito corre el riesgo de convertirse en un escenario de motivación antes que en un espacio de conversión.
Quizá la pregunta no sea si las iglesias deben hablar más del infierno, sino si todavía están dispuestas a proclamar todo el mensaje, incluso aquellas verdades que la sociedad contemporánea prefiere no escuchar.
Las iglesias pueden o están contribuyendo en la lucha contra la maldad que está ganando mucho terreno en Guinea Ecuatorial, mediante un tono crítico que advierta sobre el mal y que como consecuencia es el infierno o condena perpetua sin llegar a tener otra vida después de la muerte.