
Autor intelectual: SALVADOR MIKO NGUEMA
En pleno 2026 es una vergüenza que en San Agustín, un barrio a minutos del centro de Malabo, cientos de familias vivan rogando por el agua. No hablamos de una aldea remota: hablamos de un barrio donde el grifo es un adorno y el bidón es el rey.
La realidad es indignante. El servicio llega 2 o 3 veces por semana, sin presión, turbio y por horas contadas. Juan Mba, vecino desde hace 4 años, lo resume sin rodeos: “Hay días que no cae ni una gota. Un bidón de 20 litros ya cuesta 1.000 XAF”. Hagan cuentas: una familia gasta 15.000 XAF semanales solo para bañarse, cocinar y beber. Eso es más de lo que muchos ganan en un día ¿Cómo llamamos a esto si no es abandono?
El problema no es nuevo, pero empeoró por desidia. Desde mayo las tuberías viejas se rompen a diario y nadie las repara. La empresa de agua guarda silencio, como si San Agustín no existiera en el mapa. Mientras tanto, las zonas altas del barrio son las más castigadas. Allí viven ancianos y madres con niños que cargan agua kilómetros o pagan precios abusivos. ¿Dónde está el ayuntamiento cuando más se necesita?
Lo más grave es que hemos normalizado lo inaceptable. Los vecinos ya no piden agua: se organizan para sobrevivir. Compran camiones cisterna entre varios, hacen fila en pozos privados, guardan lluvia en tanques. Esono Nguema, mayor de la comunidad, lo dice claro: “Quienes pueden, almacenan cuando llueve”. ¿Y los que no pueden? ¿Los condenamos a la sed?
María Obono, madre de 3 hijos, nos da la frase que debería avergonzar a cualquier autoridad: “Para lavar, cocinar y bañarnos hay que medir cada gota”. En 2026, medir el agua como si estuviéramos en guerra.
Basta de excusas. El agua no es un favor ni un negocio: es un derecho humano. Manuel Sima Ndong, presidente vecinal, recordó: “El agua es un derecho, no un lujo”.