Fachada principal de la Iglesia Senda de Cristo, en Malabo. Foto: Pastor Santiago Nguema Angono.

‎En Guinea Ecuatorial es muy común ver a ciudadanos (hombres y mujeres) acudir con frecuencia a las iglesias (cristianas, principalmente) movidos no solo por cuestiones de fe o devoción, sino por una extrema necesidad que carcome sus esperanzas en momentos de crisis personal y económica, dejando campo libre al miedo y la desesperación como antesalas del fracaso humano.

‎En mi país la religión es el pilar de la vida comunitaria y personal. Esta concepción, sin embargo, ha caído en picado siendo radicalmente desvirtuada por un fenómeno tanto creciente como alarmante que sobresale en nuestra sociedad: hombres, mujeres y niños que ven en la iglesia un oasis para sus problemas personales (falta de trabajo, infertilidad, hechicería, entre otros) en lugar de un templo de búsqueda genuina de espiritualidad.

‎Este desplazamiento de lo espiritual a lo funcional plantea preguntas importantes sobre el papel de la religión en una sociedad en crisis. Uno de los casos más visibles es el de mujeres que buscan desesperadamente tener hijos. En un contexto donde la fertilidad está fuertemente vinculada al valor social de la mujer, muchas se sienten presionadas y, al no encontrar soluciones en la medicina convencional, recurren a pastores o profetas que prometen «milagros» a cambio de fe, obediencia ciega e incluso contribuciones económicas. En lugar de atención médica profesional, se promueven rituales, ayunos extremos y oraciones maratónicas.

Adoradores cristianos en pleno culto. Foto: Pastor Santiago Nguema.

También están aquellas mujeres y hombres que buscan en la iglesia la solución a sus problemas económicos y, al solucionar estos percances, se echan otra vez al destino de siempre, lo llaman «mundo». A sabiendas de que nuestro país registra altos índices de desigualdad, desempleo juvenil y falta de acceso real a oportunidades, las promesas de “prosperidad divina” hechas desde los altares se convierten en un señuelo poderoso. A través de lo que algunos llaman el «evangelio de la prosperidad», se enseña que con suficiente fe y obediencia al líder espiritual, Dios proveerá milagrosamente empleo, dinero o estabilidad.

‎Este fenómeno no solo refleja una profunda crisis de fe auténtica, sino también una falla estructural del Estado. La ausencia de servicios públicos eficaces en salud, educación y empleo obliga a las personas a buscar soluciones en espacios no diseñados para ello. La iglesia se convierte en refugio psicológico, social y a veces económico, pero también en un lugar donde se pueden perpetuar abusos, manipulaciones y falsas esperanzas.

‎Hemos escuchado y vivido numerosos casos de pastores religiosos que han cometido barbaridades con sus «ovejas» (violaciones, falsas promesas, prácticas extremistas, etc.), obviando el efecto dañino de estos actos en el plano humano y espiritual. A día de hoy, ¿Cuántos pastores de las iglesias en Guinea Ecuatorial están encarcelados por abuso sexual y otro delito? ¿Esta debería ser la imagen a proyectar de una iglesia en un país predominantemente devoto?

El caso de muchas jóvenes en Guinea Ecuatorial es especialmente alarmante. Al no contar con oportunidades reales para desarrollarse, muchas ven la iglesia como estructuras dominadas por figuras masculinas que no rinden cuentas. ‎La falta de educación crítica y el miedo al estigma social abstienen a la opinión pública cuestionar estas acciones. Irónicamente, mientras más se profundiza en esta forma de religiosidad funcional, más se aleja la sociedad de una espiritualidad basada en el amor, la justicia y el pensamiento crítico que promueve el cristianismo en su esencia.

‎Antes de dar reposo a mi pluma en esta nota reflexiva, quiero también puntualizar que la creciente instrumentalización de la religión en Guinea Ecuatorial por parte de hombres y mujeres, jóvenes y mayores, revela una doble crisis: la pata coja del Estado en su rol como proveedor de bienestar y la falla de la iglesia como guía espiritual.

‎Habiendo analizado esta realidad, pienso que es urgente promover una educación que fomente el pensamiento crítico, fortalezca los servicios públicos y regule ciertos discursos religiosos que prometen soluciones mágicas a problemas profundamente estructurales; porque, a mi juicio, la fe no debería ser el último recurso, sino un camino de esperanza y no de desesperación.