Autor intelectual: Faustino Santiago Nsue MAÑÉ NKENE.

Tan devastadora como impredecible, tan recurrente como inusual, así se muestra una de las caras de la poblada naturaleza.

Todavía lo estoy procesando y resulta que hasta ahora no consigo ponerle nombre a lo ocurrido el pasado mes de abril en el barrio Acrópolis. Pero ahora mismo no se trata de mí ni de lo que sea que esté tratando de asimilar. Se trata de vidas humanas que por supuesto, ya no se van a recuperar. Se trata asimismo de otras vidas que curiosamente se encuentran en condiciones parecidas y que sí se pueden salvar todavía, mucho antes de que se haga tarde.

Por desgracia no contamos con una máquina del tiempo para reparar lo irreparable, y es precisamente por eso que el llamado aquí es bastante sencillo como complejo, conocido como ignorado. Desde ya a cada uno de nosotros, como pueblo, familia, comunidad o como nación, nos corresponde asumir parte de nuestra responsabilidad y detenernos, si cabe, justo allí donde estamos fallando y hacemos la vista gorda, antes de volver a lamentar vidas humanas. Antes de que la naturaleza vuelva a amenazar nuestra dignidad y subsistencia. 

¿Cuántas pérdidas de vidas humanas hacen falta?

Cada vez que la naturaleza golpea, lo hace donde más nos duele, ahí, de nuevo en esa herida que apenas se está cicatrizando. Y es que, hace falta un breve esfuerzo mental y recordar que antes de Acrópolis, hubo Luba (agosto de 2025) y con cierta y preocupante recurrencia Bata, donde la temporada de lluvias se vuelve en una verdadera pesadilla más sus consiguientes inundaciones que arrasan prácticamente todo a su paso, sumiendo así a miles de hogares y familias en un estado de ansiedad que se traduce a “¿nosotros seremos los siguientes?” Y aquello pone en evidencia una inquietante realidad. Seguimos tropezando con la misma piedra.

Pero veamos, no todo gira en torno a la naturaleza y su carácter imprevisible, ¿verdad? Porque lo cierto es que muchas de las estructuras (sistema de construcción, material, terreno y ubicación) de nuestras casas, hablo del ecuatoguineano común y promedio, tampoco es que dan mucho que desear. Esa es una realidad, una realidad que no es sino consecuencia del cada vez más difícil acceso a una vivienda que se dice “digna”. Un lujo que solo muy pocos se pueden permitir. ¡Ahí está, otra inquietante realidad que se nos cuela en la superficie!

Y ese difícil acceso a lo que un día se anunció como “viviendas para todos”, como alternativa y como un intento de supervivencia de los muchos que no se pueden permitir el lujo, ha gestado en la sociedad ecuatoguineana esa situación de viviendas insostenibles que el mal humor de la meteorología reduce a cenizas, cada vez que pueda.

Puede ser una fortuna en tanto que una desdicha, pero es sabido que en estos tiempos, la atención y el tacto hacia los demás, la empatía, tienen una alarmante fecha de caducidad. Cada vez más se vuelve sencillo lamentar o asombrarse ante una realidad durante un tiempo igual de sencillo, de manera fugaz y efímera y, de repente, pasar al siguiente evento o a lo que toca. Y así se acaba formando una rutina. Y es por ese círculo vicioso que mi escepticismo tiene el mal hábito de acentuarse todavía más cuando de ‘apelar a la conciencia’ se refiere. Disculpad mi escepticismo. Porque por lo menos entiendo que tomar conciencia implica detenimiento, ternura, tiempo (el cual ya no tenemos lo suficiente por haberlo gastado demasiado y en vano) y, por supuesto, acción.

En detrimento de mi escepticismo y llegados a este punto, la pregunta es, como de habitud, sencilla pero compleja ¿qué hace falta para reflexionar y sobre todo, actuar o asumir la responsabilidad? ¿Pérdidas y más pérdidas? Y si por una extraña razón llegase a ser cierto, ¿acaso aún no es suficiente? ¿Acaso aún no se han cobrado bastantes vidas humanas?

El pasado es nuestro gran patrimonio y el presente nuestra gran oportunidad, y no un futuro que no le pertenece a nadie. Esta vez ha sido Acrópolis, pero mañana quién sabe, podría ser cualquiera de nosotros. 

Mucho antes de que estos párrafos se vuelvan pesados y tediosos, mucho antes de volver a estar en un escenario parecido al de Acrópolis o bien Luba; antes de volver a lamentar vidas humanas, antes de que sea cualquiera de nosotros, conviene preguntarse si realmente cada uno de nosotros está poniendo de su parte para que cuando la naturaleza decida golpear de nuevo, esta vez nos duela un poco  menos. Conviene preguntarse como gobierno si realmente se está haciendo lo necesario como para garantizar y salvaguardar la seguridad y bienestar de los ciudadanos. Conviene preguntarse si como Comisión Nacional de Emergencias y Catástrofes se está a la altura para responder con determinación a esas mismas emergencias y catástrofes.

Conviene preguntarse muchas cosas, pero sobre todo, conviene actuar.