El desarrollo de este tipo de negocios en las inmediaciones de los hospitales de Malabo crea posturas contradictorias entre la población, abriendo un debate sobre el impacto psicológico y social que puede provocar la exhibición de féretros cerca de centros sanitarios.

La presencia de ataúdes cerca de hospitales plantea un debate que trasciende lo comercial. Mientras algunos consideran que la proximidad facilita a las familias el acceso a un servicio que pueden necesitar de manera urgente, otros cuestionan que estos productos sean expuestos públicamente en lugares asociados con la atención médica, la recuperación y la esperanza de los pacientes.
Desde una perspectiva social, el politólogo Vicente Ovono considera que no es apropiado vender y, especialmente, exhibir ataúdes junto a un hospital. A su juicio, aunque se trate de una actividad comercial legítima, su ubicación puede generar incomodidad entre pacientes y familiares.
“No me parece lo más adecuado vender o exhibir ataúdes justo al lado de un hospital, aunque la actividad comercial sea legítima. El hospital es un lugar relacionado con la atención, recuperación y esperanza de los pacientes, por lo que tener ataúdes expuestos puede resultar psicológicamente incómodo para los pacientes y sus familiares, especialmente para quienes atraviesan una situación delicada”, señala.
Ovono también cuestiona la exposición de estos productos al aire libre y directamente visibles desde la vía pública. Considera que, además del componente emocional y estético, deberían observarse las normas municipales, sanitarias y de ordenación comercial correspondientes.

Como alternativa, propone que los vendedores dispongan de “un local cerrado, limpio y adecuado”, donde los ataúdes puedan ser mostrados sin afectar el entorno hospitalario ni generar molestias a los ciudadanos.
Sin embargo, no todos comparten esta posición. La periodista Esther Marta considera que la cercanía de estos establecimientos con los hospitales puede tener una utilidad práctica para las familias.
Desde su óptica, argumenta que cada familia tiene sus propias formas de afrontar un fallecimiento y, en algunos casos, puede ser necesario disponer rápidamente de un ataúd. “Una vez que fallece la persona, pasa directamente al enterramiento del cuerpo y, de esa forma, no habría la necesidad de encargar un ataúd porque ya habría uno de acuerdo a su nivel económico”, explica.
Marta añade que determinadas actividades comerciales deberían ubicarse cerca de los lugares donde existe una necesidad relacionada con sus servicios. Pone como ejemplo la proximidad entre una tienda de neumáticos y un taller.
No obstante, también reconoce que la exposición pública de los féretros puede tener un efecto negativo. Considera que hay personas especialmente sensibles a todo aquello relacionado con la muerte y que la presencia de ataúdes puede dar una imagen poco favorable de la ciudad. También advierte de que, ante determinados accidentes o fallecimientos, podría surgir incluso una percepción negativa hacia quienes comercializan estos productos.
En este sentido, el debate adquiere una dimensión particular cuando se analiza desde la experiencia de quienes acuden a los hospitales con familiares enfermos.
Áurea, estudiante de Sociología en la Universidad Nacional de Guinea Ecuatorial (UNGE), considera que para muchas familias que llegan a un hospital con la esperanza de que su ser querido se recupere, encontrarse con ataúdes expuestos puede resultar incómodo.
“Ver ataúdes afuera les puede parecer frío o como si se estuvieran aprovechando del dolor. Por eso, muchas funerarias ponen locales discretos, sin exponerlos tanto”, sostiene.
Sin embargo, desde el punto de vista de la necesidad del servicio, reconoce que la proximidad también puede tener una ventaja: “Tiene lógica. En los hospitales es donde más se necesita un servicio funerario urgente. Las familias están ahí y no tienen tiempo de recorrer toda la ciudad buscando. Les da comodidad y rapidez”.
Una posición similar, aunque más crítica, mantiene el ateo y economista Jesús María Casiano Azeme; a su modo de entender, no sería conveniente instalar este tipo de negocios cerca de hospitales, clínicas o farmacias debido al posible impacto psicológico que pueden generar.
“No está bien que vendan ataúdes cerca de un hospital, clínica o farmacias, porque a nivel social la interpretación puede no ser muy buena”, afirma.
Azeme considera que la presencia de féretros puede afectar emocionalmente a pacientes y familiares, especialmente cuando uno de sus seres queridos se encuentra en estado grave.
“El primer pensamiento y recordatorio que las personas perciben del ataúd es la muerte. No se debería exponer. Hay muchos que no quieren pensar en la muerte”, añade.
Frente a estas posiciones, el periodista Pedro Nolasco Ela defiende la utilidad de este tipo de establecimientos cerca de los centros sanitarios. Considera que la actividad puede ayudar a las familias a reducir gastos y facilitar el acceso a un producto que, en determinadas circunstancias, necesitan con urgencia.
“Sí, me parece bien. Eso ayuda a las familias a ahorrarse el transporte. No encuentro nada negativo en vender ataúdes cerca del hospital”, sostiene.
Sin embargo, establece una diferencia entre la venta y la exposición pública. “Exponerlos al aire sí ya es dañar la sensibilidad de los transeúntes”, matiza.
Esta distinción aparece también en otros testimonios recogidos para este reportaje: algunos ciudadanos no cuestionan necesariamente la existencia del negocio, sino la manera y el lugar en que los ataúdes son mostrados.
Para Policarpo, ciudadano consultado, la exposición pública de elementos relacionados con la muerte supone un cambio respecto a determinadas prácticas sociales tradicionales.
“Anteriormente, algo que estaba relacionado con la muerte no se exponía. La tumba, el cadáver y el mismo ataúd no se exponían porque eran casos especiales y daban miedo”, relata.
La expansión del comercio y los cambios sociales han contribuido a normalizar determinados elementos que anteriormente permanecían fuera de la exposición cotidiana.
Desde el ámbito sanitario, Rosalia, profesional de la salud, considera que la venta de ataúdes cerca de un hospital puede tener cierta lógica comercial, aunque no necesariamente su exposición.
“Sobre la venta, en parte es razonable. Me explico: es como si cerca de un hospital existiera una farmacia”, señala.
Sin embargo, advierte de que la situación puede resultar perjudicial para algunas personas. Explica que un familiar que acompaña a un paciente gravemente enfermo podría experimentar preocupación o angustia al encontrarse con un ataúd expuesto.
“Digamos que un ser querido está gravemente enfermo, y tú, al ver el ataúd expuesto, tu primer pensamiento sería preocupante y tendrías problemas emocionales”, afirma.
Otros ciudadanos centran el debate en el equilibrio entre la libertad comercial y la sensibilidad social.
El periodista Andrés Ondo considera que, más allá de los intereses económicos de los vendedores, debe tenerse en cuenta el estado emocional de quienes acuden a un hospital.
“Lejos de intereses netamente comerciales, a ojos de los pacientes ingresados, fijar puestos de venta de ataúdes en espacios próximos a los hospitales es atentar contra la estabilidad moral de los viandantes”, sostiene.
Según explica, la asociación inmediata entre el féretro y la muerte puede provocar un cambio en el estado de ánimo de los familiares de pacientes hospitalizados. Asimismo, Ondo considera que la comercialización de ataúdes no constituye, por sí misma, un problema, pero reclama mayor sensibilidad en la forma de desarrollar esta actividad.
“No es un delito la venta pública de ataúdes, pero los vendedores deberían tener más tacto y buscar alternativas para que su comercialización no sea exponerlos a la vista de todos”, afirma.
En consecuencia, las opiniones recogidas muestran que el debate en Malabo no se limita a determinar si los ataúdes deben o no venderse cerca de los hospitales. La discusión se centra, sobre todo, en cómo, dónde y de qué manera debe desarrollarse esta actividad para conciliar las necesidades económicas de las familias con la sensibilidad de pacientes, acompañantes y ciudadanos.
Mientras unos defienden la proximidad por razones de accesibilidad, rapidez y ahorro de transporte, otros consideran que la exposición directa de los féretros puede generar angustia y transmitir una imagen poco apropiada en las inmediaciones de centros destinados a preservar la salud y la vida.
En medio de ambas posiciones queda planteada una posible vía de equilibrio: mantener la actividad comercial, pero mediante espacios adecuados y discretos que permitan atender la demanda sin convertir la exposición de ataúdes en un elemento cotidiano visible para pacientes, familiares y transeúntes.