Autor intelectual: Benito Bee ONDO ADA (Periodista)

Llegar a los 30 años sin empleo puede sentirse como caminar con una herida abierta que el tiempo, en lugar de curarla, se empeña en mantener sangrando. Es una herida que no siempre se ve en el cuerpo, pero que pesa en la mirada, en el silencio y en aquellas preguntas que uno evita responder ¿cuándo llegará mi oportunidad?, ¿qué estoy haciendo mal?, ¿cuándo comenzará mi vida?

Muchos jóvenes caminan por las calles cargando esa herida invisible. Salen de la universidad con un título bajo el brazo, pero descubren que el diploma no siempre abre las puertas que prometía abrir. Después de años de estudio, sacrificios y noches de desvelo, llega el momento de enfrentarse a un mercado laboral que parece tener las puertas cerradas y las ventanas demasiado altas.

El joven recién graduado se convierte entonces en un viajero que conoce perfectamente su destino, pero no encuentra el camino para llegar hasta él. Algunos tienen la fortuna de encontrar una oportunidad a través de un amigo, un familiar o un conocido. Otros consiguen abrirse gracias a sus contactos, a una recomendación o simplemente a la casualidad.

Pero existe otro grupo, quizás demasiado grande, que permanece esperando en la estación mientras los trenes de las oportunidades pasan delante de sus ojos. Y mientras pasa el tiempo, la herida se hace más profunda.

Primero, son los 22 o 23 años y todavía existe esperanza. Después, llegan los 25 y comienzan las preguntas. A los 27 aparece la preocupación. Y cuando se acercan los 30, algunos sienten que el reloj de la vida corre demasiado rápido mientras ellos permanecen en el mismo lugar.

No es fácil levantarse cada mañana sin saber cuándo llegará la próxima oportunidad. No es fácil mirar a quienes fueron compañeros de universidad y descubrir que algunos ya tienen empleo, familia, proyectos y estabilidad mientras uno continúa esperando una llamada que nunca llega.

Hay días en los que quedarse en casa se convierte en una rutina. Ver la televisión, dormir unas horas más, ayudar a la madre con las tareas domésticas o simplemente pasar el día mirando el techo. Y lo más doloroso no es descansar; lo doloroso es sentir que uno quisiera avanzar, pero no encuentra la puerta por donde entrar.

La sociedad suele mirar al joven desempleado como si fuera responsable de su propia situación, incluso, algunos jóvenes al encontrar la oportunidad se olvidan el principio atribuyendo a los demás como vagos y otros pocos que saben y entiendo la herida que llevan muchos.

Como periodista profesional escribo este texto con mucho dolor, en tanto que he visto en primera línea como mis compañeros ingresados de la carrera se dedican hacer taxi, no porque no quieran trabajar como profesional sino porque no les llega la oportunidad. Por otra parte, he visto en primera línea como un joven Se dedica impartir clases particulares no porque no quiera trabajar como profesional sino por falta de oportunidad laboral. En muchas ocasiones Se le dice que debe esforzarse más, prepararse más, tener paciencia. Y, por supuesto, la preparación y el esfuerzo son importantes. Pero no podemos pedirle a un árbol que dé frutos si nunca le damos tierra, agua ni espacio para crecer.

Un título universitario en Guinea Ecuatorial no debería convertirse en un papel guardado en un cajón. Debería ser una llave. Pero una llave necesita una puerta. Por eso, el desempleo juvenil no es solamente un problema económico. También es una cuestión humana. Detrás de cada joven sin trabajo hay una historia, una familia, sueños aplazados y capacidades que corren el riesgo de oxidarse mientras esperan una oportunidad.

Un joven preparado y sin empleo es como un barco construido para navegar que permanece amarrado en el puerto. Tiene velas, tiene timón y tiene un destino, pero no puede demostrar de lo que es capaz mientras nadie le permita salir al mar.

Llegar a los 30 y sin empleo en Guinea Ecuatorial no significa que una persona haya fracasado. Significa, muchas veces, que lleva demasiado tiempo llamando a una puerta que todavía no se ha abierto.
Y quizá ha llegado el momento de dejar de preguntarnos únicamente qué están haciendo mal nuestros jóvenes y comenzar a preguntarnos qué estamos haciendo como sociedad para que puedan encontrar un camino.

Porque detrás de cada currículum enviado, de cada entrevista, de cada puerta cerrada y de cada joven que vuelve a casa con las manos vacías, hay una herida. Una herida que no se cura con discursos se cura con oportunidades.

Hoy, no vengo solo a publicar un texto. Hoy Vengo a dejar una reflexión, hoy Vengo a hacer un llamamiento y, sobre todo, a buscar una estrategia para que esa herida que lleva más de un siglo abierta pueda, por fin, comenzar a cicatrizar. Porque algunas heridas no se curan con el paso del tiempo, sino con memoria, voluntad y decisión. Y quizá haya llegado el momento de dejar de mirar la herida y empezar a construir la cura.