Archiconocido como «Watafol», este arroyo que recorre casi toda la ciudad actualmente proyecta una imagen indecorosa con impacto directo en términos de salud y medioambiente.

Acumulación de residuos sólidos urbanos sobre el Río Cónsul de Malabo. Foto: Andrés Ondó Etogo Oye.

‎Tubos de váteres privados que escupen ininterrumpidamente desechos humanos y montañas de basura, que van desde botellas de plástico y vidrio hasta muebles y electrodomésticos desgastados, amenazan la esencia del Río Cónsul de Malabo y obstaculizan la circulación regular de sus aguas en una de las zonas más concurridas de este espacio hidrológico interurbano, actualmente víctima de una inconsciencia cívica.

‎En épocas pretéritas, «Watafol», nombre ampliamente conocido por los autóctonos de la Isla de Bioko, fue un “paraíso en la tierra” (salvando las distancias) con cascadas relativamente profundas y ese toque de bravura que adquiría cuando caía la lluvia, pero sin ocasionar destrozos significativos por inundaciones; sumado a la riqueza de peces que almacenaba (mayormente barbos o bölo-bölo, como se denomina localmente).

‎A principios del siglo XXI, según relatan los residentes de la zona, existía una lavandería de libre acceso excelentemente acondicionada donde mujeres, niñas y niños lavaban ropas, además de utensilios de uso doméstico (platos, ollas, etc.). Esta singularidad de «Watafol» le hizo archiconocido por toda la geografía insular sin ser —ni por asomo— el río más largo, caudaloso o concurrido de la Isla; pero es que tenía algo que otras aguas carecían: pulcritud.

Ciudadano atrapado en la orilla por la falta de un puente seguro sobre «Watafol». Foto: Andrés Ondó ETOGO OYÉ.

‎“El desgaste de watafol es simplemente por el mal uso del entorno, ya que la gente tira basura y heces fecales al río; eso provoca la gran contaminación que actualmente hay en el lugar. Anteriormente bañábamos alegremente en estas aguas, pero no sé en qué momento comenzó el mal uso de este espacio que hasta hoy en día sigue fatal”, lamenta Victor Alfonso Nsue, ciudadano que vivió y creció cerca del arroyo, donde tienen un terreno familiar.

Un tubo de váter privado que descarga desechos humanos en el Río Cónsul. Foto: Andrés Ondó ETOGO OYÉ.

‎El Río Cónsul de Malabo era el punto de convergencia matutino y/o vespertino de los residentes de los barrios de Campo Yaunde, San Valentín y Semu. Hoy, tras más de 20 años, el relato suena ficticio a juzgar por el panorama que presenta. Ya nada es lo mismo. Es evidente el cambio brusco que ha experimentado el afluente, que no siendo inmune al descuido deliberado de la acción humana, se ha convertido en depósito de chatarras.

‎Salta a la vista que «Watafol» ha sufrido una inexorable pérdida de caudal. Lo que antes era el pulmón de la convivencia comunitaria, ahora es un mero riachuelo intoxicado a más no poder. La preocupación sobre el estado del arroyo es tan alarmante que, a mediados de 2010, llevó a la clase política ecuatoguineana a lanzar el proyecto de Saneamiento y Canalización de los ríos Cónsul y San Nicolás, concretamente, en el tramo de los enclaves de La Ronda-La Paz; obra adjudicada a la empresa Cororasa Nkoalen, con la supervisión técnica de la firma Construcciones Ruiz Alemán Guinea Ecuatorial (CORAGE).

Niños menores de edad bañando en el Río Cónsul de Malabo. Foto: Andrés Ondó ETOGO OYÉ.

‎Otro aspecto no menos inquietante en todo este asunto es la presencia de niños menores de edad que se sumergen y realizan actividades de pesca en aguas perjudiciales para sus organismos. Por ende, esta situación refleja a todas luces la gravedad de un tema que trasciende lo medioambiental y se convierte en una amenaza real de salud pública porque, al final del día, somos autores y víctimas (directas o indirectas) del descuido de nuestro entorno.