
Hoy se cumple una semana cuando, pasando por una zona muy concurrida de Ela Nguema, concretamente en el cruce Fistown, a las 18:00h de la tarde, me topé con un grupo de jóvenes estudiantes saliendo de clase (en su mayoría chicas) próximo a un estudio de grabación y venta de música a pequeña escala. El dueño pinchó una música vulgar con letras muy groseras y, de inmediato, todos los alumnos comenzaron a bailar (comprensible hasta cierto punto) hasta que me percaté que llevaban puestos sus uniforme de clase.
Muchos jóvenes ya no respetan siquiera el uniforme escolar. Después de las horas lectivas, muchos alumnos se tiran a las calles para bailar cualquier ruido musical que capten sus oídos sin importar el lugar ni la imagen que proyectan como estudiantes; se trata de una triste realidad generalizada que afecta a muchos estudiantes de varios centros educativos de Malabo, tanto privados como públicos.
Recuerdo con nostalgia que, en los años 2010, en los barrios de Ikunde, había un señor que tenía una pequeña casita donde únicamente sonaban en sus altavoces canciones de Maela, Nene Bantú, Mista Sales y otros grandes artistas de aquella época. Aquellas músicas tenían contenido, mensaje y una composición clara. Uno movía la cabeza disfrutando de la melodía, pero también aprendiendo de las palabras. La música educaba, transmitía valores y dejaba enseñanzas.

Pero ¿qué sucede hoy? Como dijo el periodista Cipriano Camacho en un artículo titulado “Generación Z”, muchos jóvenes de esta generación no escuchan consejos, no respetan a nadie y se alejan del camino correcto. Aunque tampoco podemos generalizar, porque todavía existen padres responsables que corrigen a sus hijos, aplican castigos y buscan la manera de orientarlos. Sin embargo, la situación no es fácil.
¿Por qué ocurre esto? La respuesta está en los cambios de la nueva era: nuevas tecnologías, nuevas costumbres, nuevos modelos de crianza y organizaciones que, en ocasiones, fomentan ideologías perjudiciales. A esto se suma la televisión, que en él se presentan ciertos programas que aparentan educar, pero que en realidad terminan deformando la conducta de muchos niños y adolescentes.
Hoy surgen preguntas preocupantes:
¿Cómo es posible que un estudiante, después de salir de clase, lo primero que haga sea ponerse a bailar en la calle con el uniforme escolar? ¿Cómo puede un menor escuchar música vulgar delante de personas mayores y sentirse orgulloso de ello sin la menor vergüenza? No son comentarios, es lo que vivo día a día y con esta preocupación he tenido que prestar mi mente y pulso para alentar esta mala situación que cada vez crece en nuestra sociedad.
La realidad es aún más alarmante. Muchos estudiantes, después de las clases, entran en bares cercanos o lejanos a sus centros educativos para consumir alcohol y fumar. Entonces surge otro gran interrogante: ¿por qué algunos propietarios de bares permiten el acceso y ofrecen estos servicios a menores con uniforme escolar?
El gobierno debe tomar cartas en este asunto. Las autoridades tienen la responsabilidad de analizar esta problemática y aplicar medidas concretas y que también, los dueños de bares deben prohibir la entrada de estudiantes uniformados a sus establecimientos.
La sociedad no puede seguir normalizando conductas que destruyen el futuro de la juventud.
Debemos reflexionar sobre el papel de cada actor en la educación de los niños. El docente tiene la misión de enseñar conocimientos y valores en la escuela; los padres deben formar y corregir en el hogar; y la sociedad debe contribuir con buenos ejemplos y principios. Cada parte cumple un rol fundamental.
La educación que recibe un niño en casa determinará su crecimiento y su comportamiento en la sociedad. No se puede pretender corregir a un hijo cuando el tiempo ya ha consumido gran parte de su vida y sus costumbres están profundamente arraigadas. Educar tarde casi siempre tiene consecuencias difíciles de reparar.